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Una noche con música escrita con mayúsculas. Así puede calificarse, sin temor al error, a la velada que se desarrolló el sábado en el Club Atlético Estudiantes y que tuvo como protagonista a la orquesta Galas del Río, dirigida por Elías Gurevich. El encuentro contó con la participación de Eduardo Isaac (solista en guitarra) y como invitados José Bulos (clave) y Marcelo Orlando (corno).
Fue un cierre espléndido de la temporada 2010 dedicada al Bicentenario por la Asociación Mariano Moreno.
En la apertura del programa, tres obras emblemáticas de la vasta producción piazzolliana dieron el tono a una presentación de alto nivel musical: Fuga y Misterio, La muerte del ángel y Adiós Nonino.
Esta entrada permitió a la orquesta Galas del Río temperar el ensamble. Justo es decirlo, el conjunto –un proyecto de excepción, casi un milagro en el panorama musical nacional– brindó interpretaciones sin fisura, acordes a lo que puede esperarse de músicos de altísimo nivel.
Luego llegó el momento más esperado. La ejecución de la Suite Argentina para guitarra, clave, corno y orquesta, en una versión que contó con la energía requerida a la vez que tuvo la delicadeza imprescindible, algo que el guitarrista paranaense manejó a lo largo de toda la obra.
Ya desde el arranque Isaac supo imprimir el carácter que la obra exige; preparado para el lucimiento de la guitarra en un discurso que intenta reflejar una antigua expresión popular conjugando sonidos del altiplano con la hidalguía propia de la raíz hispana. En el motivo alegre y saltarín que se reitera a lo largo de este primer número se percibió el balance entre cuerdas y solista en un esquema que lleva al instrumentos solista a dialogar con el ensamble orquestal.
Apareció también el clavecín, interpretado magníficamente por José Bulos.
Pasaron también Misachico, reflejo musical de un momento de esta celebración tradicional norteña en la que la guitarra cantó el motivo con la sutileza necesaria; el Bailecito, con sus progresiones de acordes en la guitarra, matiza con intervenciones de las cuerdas, en contracantos entre violines y contrabajos hasta llegar a la Zamba, en una interpretación que tradujo perfectamente la elegancia y sensualidad que la danza requiere. La pieza discurrió suave, con su halo dulce, envolvente. Anticipó así el Estilo, en el que Falú desarrolla el sonido que expresa la llanura. Con un toque ajustado, técnicamente impecable y pleno de sensibilidad, el solista logró perfectamente la idea del compositor: un tono reflexivo e introspectivo.
Cabe citar en este punto la introducción de José Bulos en el clavecín, y la participación de Marcelo Orlando, en corno, que con una nota expresó la desmesura de la planicie, la extensión, en un final que emociona con una nota sostenida hacia el final, apagándose lentamente.
Para concluir la suite, la impetuosa versión del Malambo, en un tempo arrollador, mostró a Isaac a pleno, concentrado, pero a la vez expresivo ya que ese número de la suite exige de él una serie de recursos interpretativos en la mano derecha, en particular en el rasgueo, que debe dar el tono a una pieza de eminente impronta viril.
No falló allí el guitarrista al concretar una exigencia no menor: la síntesis entre lo erudito y lo folclórico, que se percibe en esta pieza, pero que atraviesa toda la obra.
BRILLANTE. El cierre, de carácter brillante, llegó con la Serenata para cuerdas Op. 48 de Tchaicovsky, que mostró al ensamble de 14 músicos de la Orquesta Galas del Río en su máximo esplendor.
La obra, perfectamente escogida, es una de las de mayor trascendencia y de las más hermosas que se han compuesto para este tipo de formación orquestal.
La interpretación fue emotiva y conmovedora. Seguridad en la técnica –impecable por cierto–, ajuste y balance, dieron color apropiado a la textura en la construcción de una filigrana delicada que exige y requiere por su complejidad músicos de alto nivel.
Todo esto se percibió perfectamente, pese a que acústicamente el ámbito no era el más apropiado para actividades de estas características. Es que debido a la lluvia de la tarde, el concierto se realizó finalmente en el gimnasio del CAE. Las condiciones meteorológicas conspiraron también en cuanto a la asistencia de oyentes, ya que el esfuerzo realizado por las entidades organizadoras –la Asociación Mariano Moreno, el Hotel Maran Suites y el Club Atlético Estudiantes– para producir un espectáculo de altísimo nivel, merecía un marco multitudinario de público.
Pese a ello el sonido pudo apreciarse en un buen registro y en ello bien vale destacar la tarea de los técnicos de la firma Chapino, encargados de la amplificación. La ecualización evitó el empaste y permitió apreciar matices y bloques instrumentales.
La promesa de una noche mágica con una reunión de notables se había cumplido. El cierre de una temporada dedicada en homenaje a la Patria había estado a la altura de las circunstancias.
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