por
Ernesto Méndez
Guitarrista, compositor, docente.
Esta pregunta parece tener implícita su respuesta. Como en la consabida adivinanza: ¿de qué color era el caballo blanco de San Martín?
Sin embargo, no hace falta más que cronometrar un minuto en situaciones como el “minuto de silencio” en actos de recordación u homenaje, o en medio de una conversación cuando de repente se produce el agotamiento del tema. Muy curioso es notar la incomodidad que sufrimos cuando nos vemos confinados al silencio, aún en fracciones de tiempo tan pequeñas como el minuto. Y si nó, veamos la lectura del cronómetro y comprobaremos la existencia de “minutos de silencio de 20 segundos”.
En el año 1992 el prestigioso músico y pedagogo canadiense Murray Schafer empezaba su Curso “Afinando el Mundo” preguntando acerca de la contaminación. En aquél entonces, la mayoría de los asistentes -músicos y docentes de música-, contestaban en referencia a la contaminación del aire, del agua, del suelo. Schafer no hizo más que proponer un minuto de silencio para demostrar la imposibilidad fáctica de la propuesta. La conferencia se realizaba en el barrio porteño de Belgrano en una sala que no brindaba aislamiento acústico. Aunque en honor a la verdad los ruidos-sonidos que se escucharon en esa momento provenían en parte del tránsito exterior y en gran medida de cuchicheos, ruidos de envoltorios, movimientos de sillas, etc., en síntesis, de la ansiedad de los asistentes. Conclusión: nada de lo escuchado podía considerarse como sonidos producidos por acción de la naturaleza.
Lo cierto es que el sonido y el ruido –la disquisición de la diferencias entre ambos la posponemos para otro momento- han pasado a convertirse en parte de nuestras vidas.
Desde antes del nacimiento – el bebé alcanza un buen desarrollo del aparato auditivo unos dos meses antes del nacimiento -, pasando por la niñez – entre los juguetes peligrosamente ruidosos, el bullicio escolar, el estruendo de los peloteros y fiestas infantiles-, y llegando al apogeo de la adicción al ruido: la adolescencia y la juventud; nos vemos sumergidos en hábitos que poco espacio brindan al silencio, o por decirlo de mejor manera, vivimos en ambientes con altísimos índices de contaminación acústica.
Hoy en día es prácticamente imposible pensar en hábitats urbanos incontaminados acústicamente. Al ruido propio del tránsito en general –motores, bocinas, frenadas, escapes libres, publicidad con altavoces, sirenas-, de las industrias y de las construcciones, debemos sumarle la omnipresente presencia, valga la redundancia, de la música.
Omnipresente gracias a que el avance de la tecnología nos da la posibilidad de llevar la música donde nos plazca. Así que no sólo tenemos música en los restaurantes, en los supermercados, en las salas de espera en los clubes en los negocios en los kioscos en los talleres en las oficinas en la ferretería en el almacén en la fotocopiadora en …, sino también en la playa, en la montaña en la isla en el desierto en la vía pública en el baño en los aviones en…
Otra lectura puede darse pensando en la música de acuerdo a su funcionalidad: música para bailar, música para estudiar, música para hacer ejercicio, música para esperar música para hacer el amor música para comer música para nada música para hacer yoga música para ir de compras música para vender... Hasta usamos músicas en algo tan trivial como el alerta de una llamada telefónica. ¡Música de fondo para escuchar música! dicen los Les Luthiers en una de sus obras.
¡Por Dios! ¡Basta de música!
Otra de Schafer: desconozco la reglamentación, pero en Canadá el sindicato de músicos logró la promulgación de una norma que regula el uso de música funcional. Envidiable.
Como si esto fuera poco, en la mayoría de las situaciones enumeradas anteriormente el abanico de ofertas musicales se remite a una oferta musical reducida a las modas y al consumo –rock, reggeaton, pop, melódicos, cumbia y sucedáneos-. Vivimos la ilusión de elegir la música que escuchamos y es como cuando vamos a una casa de comidas rápidas: creemos elegir el menú cuando en realidad elegimos sólo entre 5 tipos de hamburguesas diferentes.
¿Y la música para ser escuchada?
Lo cierto es que, al igual que en otros aspectos de la vida diaria, cabe la preguntarse si los avances tecnológicos se traducen necesariamente en un mejoramiento de la calidad de vida. En la época –no muy lejana- en que para vivenciarla había que situarse en el ámbito donde la música era producida, ¿no se generaba una escucha más atenta?, ¿no se escuchaba por el placer de la contemplación? –haciendo natural excepción a las músicas con funcionalidad determinada: religiosa, ritual, social-, o al menos ¿no había más garantías de una escucha atenta? ¿No hemos transformado a la música en “el agua sucia de la música”? Milan Kundera dixit.
Volviendo al tema y en relación a los ruidos basta decir que a excepción de que nos caiga un rayo, o nos erupcione un volcán, o nos agarre un tsunami o alguna otra catástrofe de esa índole, ningún sonido de la naturaleza posee el poder de producir daños auditivos irreversibles como un martillo neumático, un escape libre, el sonido de una discoteca o un equipo de audio “doméstico” o de los que tan frecuentemente vemos instalados en los baúles de los autos.
De todas maneras es importante decir que para hablar de contaminación no necesariamente tengo que pensar en muchos decibeles. Éstos son los principales causantes de daño auditivo, pero cómo el ser humano es capaz de darle sentido semántico a lo que escucha, también puede ser contaminante el sonido de una canilla que gotea, el cuchicheo de dos personas en la misma habitación donde estoy tratando de dormir, un grillo en la madrugada, etc.
Lo cierto es que existen innumerables estudios relacionados con la contaminación acústica –los primeros reglamentos para la regulación del ruido datan de 1972 en los EEUU-. Basta con ingresar éstas dos palabras a un buscador de la web para recibir abundante información proveniente de distintos lugares del mundo.
En ellos podemos informarnos acerca de los efectos:
- Clínicos como la hipoacusia y la presbiacusia, en pocas palabras el desplazamiento del umbral de audición.
- Psicopatológicos: dilatación de pupilas y parpadeo acelerado, aumento de la presión arterial, dolor de cabeza, tensión muscular, disminución de la secreción gástrica, aumento del colesterol, y glucosa en sangre.
- Psicológicos: insomnio, fatiga, estrés, ansiedad, aislamiento social.
- Sobre la conducta, la memoria, la atención, el embarazo y los niños.
De sus funciones:
- Como mecanismo de bloqueo del sistema de alarma acústico.
- Como barrera acústica.
- Como mecanismo para llamar la atención.
- Como mecanismo de agresión.
- Como mecanismo excitador del sistema nervioso.
- Como mecanismo de saturación informático.
- Como mecanismo de compañía virtual.
- Como mecanismo de aislamiento/evasión.
Y otra serie de bondades a obviar en honor a la brevedad.
El aporte que podemos hacer hacia la superación de este problema es amplio y diverso. Pero en principio atender a los hábitos personales de producción de ruido.
(*)
• Hablar siempre con un tono de voz tan bajo como sea posible.
• No gritarle a alguien que está lejos, ni siquiera para saludarle; es preferible acercarse y hablarle normalmente.
• Escuchar música sólo cuando hay bastante silencio; la música que nos deleita: ¿no merece que la respetemos, escuchándola en las condiciones más favorables?
• Pedirle amablemente al responsable de la música en un lugar público que baje el volumen, si está demasiado fuerte.
• Quejarse, amablemente, a un vecino que produce ruidos molestos haciéndole saber que su derecho a producir esos ruidos termina donde empieza el tuyo (puedes preguntarle si le gustaría que arrojaras tu basura en su jardín).
• Pedir a las autoridades comunales que hagan cumplir las leyes y ordenanzas relativas al ruido.
Y sobre esta lista podemos sumar nuestro aporte.
En conclusión, la tarea de sensibilización e higiene de nuestro espacio acústico es una empresa gigante. Entre otras cosas porque el ruido-sonido-música, no es acumulativo, no ocupa lugar y además estamos acostumbrados a vivir con él. Por todo ello no es percibido como contaminante. Y como en toda adicción, nos sentimos molestos en ausencia del estímulo. Algo así como el síndrome de abstinencia. Haciendo medicina de bolsillo podríamos nombrarlo “síndrome del minuto de silencio”.
Para terminar más Kundera en sus “Testamentos traicionados” (las negritas son mías)
…” El éxtasis significa estar fuera de sí, como lo señala la etimología griega: acción de salirse de su posición (stasis)”…”Estamos acostumbrados a vincular la noción de éxtasis con los grandes momentos místicos. Pero existe el éxtasis de lo cotidiano, trivial, vulgar; el éxtasis de la ira, el éxtasis de la velocidad al volante, el éxtasis de la sordera por el ruido, el éxtasis en los estadios de fútbol. Vivir es un perpetuo y pesado esfuerzo para no perderse a sí mismo de vista. Para estar sólidamente presente en sí mismo, en su stasis.”
(*) Federico Miyara. Higiene Sonora para niños.